De las cualidades perdidas
Los pueblos de Buenos Aires
(negarlo no implica aborrecer la paz y las buenas costumbres) podrán parecerse,
pero no hay uno que no sea particular, pionero, destacable: el primer doctor,
el primer tren, la primera pulpería pueden ser detalles circunstanciales, pero
no hay visitante al que no se le enumeren esas efemérides como si fuesen
medallas que las generaciones de vecinos tienen que pulir cada tanto, tal vez
para no sentir que la creación se olvidó de esos parajes en el medio de la
nada.
Cuando
alguien me pregunta por mi ciudad, me limito a detallar una ubicación
aproximada, pero no digo nada sobre sus raíces aborígenes, su arquitectura o
sus artistas destacados; mucho menos comento el caso del esqueleto gigante.
Pero desde hace
unos meses todo es distinto, porque un debate municipal estuvo considerando la
alternativa de generar turismo haciendo pública la noticia de lo que durante
treinta años se pensó como “el último recurso”, todo eso ante el riesgo de
quedar como un pueblo de fabuladores.
Según lo
esperado, alguien debe haber hablado de más; el rumor trascendió y la semana
pasada se llegaron a la ciudad dos investigadores del Instituto Smithsoniano, de
Virginia. Los últimos tres días, según tengo entendido, los pasaron tomando
fotos, midiendo terrenos, haciendo pruebas en el agua y pidiendo imágenes de
satélite a una central en Panamá. Antes de ayer, finalmente, se las rebuscaron
para citarme y hacer que cuente, delante de una cámara que me transmitía en
directo a Washington, lo que había encontrado cuando tenía diez años: “por
aquel entonces”, comencé, “todo el verano lo pasábamos pescando en el puente de
la vía, en un brazo del arroyo que se llama Paso Mandagarán. A veces nos bañábamos
en un remanso, si el calor era mucho… En fin, no me acuerdo si lo vi de lejos,
o si me tropecé con un cascote y sin querer le di una patada, pero ahí estaba
uno de los huesos. Enseguida lo desenterramos, y vimos que había otros. A la
tarde volvimos con mi viejo y sacamos todos los que pudimos, a los más chicos los
metimos en una bolsa. En la semana los hicimos ver por Mugueta, el paleontólogo
de la ciudad, y ahí el asunto se puso serio. Los huesos eran pocos, pero
suficientes como para dar por sentado que eran de una persona. El fémur solo
medía un metro con ochenta; una de las costillas apenas había entrado cruzada
en la caja de la camioneta y el hueso que Mugueta llamó ‘parietal’ era grande
como una sombrilla. El asunto quedó entre nosotros y unos pocos funcionarios de
la municipalidad -que participaron de los traslados y de los análisis- y si del
tema no se habló más no fue por cuidar la tranquilidad del pueblo o su
reputación, sino más bien por una deferencia natural de los vecinos a restarle
importancia a este tipo de cosas y al escándalo en general”.
Ahora, es
claro, quieren ver los huesos, pero les dije que iba a ser imposible; que como
en casa no había lugar, los habíamos dejado apilados en el fondo de un terreno
vecino: “a lo mejor el tiempo los volvió a enterrar, porque no los encontramos
por ningún lado. Muchas veces nos prometimos agarrar la pala y buscar, pero con
mi viejo preferimos la meditación tranquila y el mate abajo de la parra”, me
escucharon decir. Ahora, mate en mano y bajo la sombra de esa misma parra,
vemos cómo los Virginianos transpiran bajo el sol, rompiendo cascotes y
trazando parcelas.
–Mugueta
tenía razón –dice mi viejo–, era mejor no mostrar nada y que después, por
envidia o por recelo, no publiquen que eran falsos.
Y bueno, de pulir
una medalla, que sea la de la mesura. Por otro lado, me enteré que, desde otros
países, ya llegan los primeros aficionados y curiosos particulares.
No hay comentarios:
Publicar un comentario